Jardín de Aclimatación de La Orotava (1). La historia de un bello fracaso

ASÍ SE CREÓ EL BOTÁNICO TINERFEÑO. El Jardín de Aclimatación de La Orotava (JAO), el segundo jardín botánico más antiguo de España y un destino indispensable para quien visita Tenerife, sea o no apasionado de las plantas, alberga una destacada colección con especies llegadas de territorios tan lejanos como Colombia, Filipinas, la India, Argentina, Sudáfrica o Australia. Es exuberancia en estado puro. Sin embargo, su creación hace más de dos siglos fue el resultado de unas falsas expectativas. Es el bello producto de un fracaso, como se suele decir. Veamos por qué.

Siguiendo la estela de otros países europeos en los que triunfaban las ideas ilustradas, Carlos III financió bajo su reinado (1759-1788) diversas expediciones científicas por territorios de ultramar que tenían como gran objetivo ampliar el conocimiento de aquel entonces en campos como la botánica, la cartografía, la medicina o la astronomía, aunque obviamente a sus espaldas subyacían también intereses económicos y militares. La Corona española no quería quedarse al margen de las restantes potencias europeas.

De aquellas expediciones científicas por América o Asia llegaron a la corte multitud de semillas, muchas de ellas de especies tropicales de floraciones vistosas, cuyo destino era ser plantadas en los jardines reales de Aranjuez, Madrid y La Granja de San Ildefonso, que aspiraban a ser los mejores del mundo. Algunas pudieron reproducirse, pero lógicamente la mayoría no soportaron las heladas invernales de Castilla.

El jardín fue creado para que plantas recolectadas en los territorios de ultramar pudieran «adaptarse» antes de ser llevadas a los jardines reales de Madrid, Aranjuez y La Granja

Y es entonces cuando se impuso una idea que hoy resulta peregrina, pero que en aquella época «parecía obvia», como la define el historiador Alejandro Cioranescu (1911-1999) en su documentadísima monografía sobre la historia el JAO, escrita en 1959 pero no publicada hasta 2010: «Ya que los plantones no resistían el clima de España[…], el medio de salvarlos era verificar su siembra en un clima intermedio, más propicio que el de la Península, y luego transportar las plantas, ya suficientemente desarrolladas, para que no sufriesen más los rigores del invierno».

Canarias, que además siempre había servido de escala entre España y sus posesiones de ultramar, era la única ubicación posible. Para dar con el lugar óptimo, Carlos III firmó una real orden el 17 de agosto de 1788 y los trabajos fueron encomendados a un prohombre local, Alonso de Nava y Grimón, marqués de Villanueva del Prado, que con el tiempo se convertiría en el fundador, impulsor y patrocinador casi exclusivo del jardín. Había que darse prisa -la primera remesa de semillas exóticas llegó en septiembre de ese mismo año-, por lo que Alonso de Nava enseguida escogió tres posibles emplazamientos de la isla de Tenerife para comprobar su idoneidad.

Alonso de Nava y Grimón fundó, impulsó y patrocinó el jardín prácticamente en solitario

Viendo los resultados -por ejemplo, las semillas plantadas en su finca de La Laguna murieron-, la elección del marqués para el vivero real fue finalmente la zona comprendida entre La Orotava y su puerto, el actual Puerto de la Cruz, «por gozar de un clima muy templado en todas las estaciones del año, por la gran fertilidad de su suelo y por la posibilidad de conducir en ciertas ocasiones el agua hasta allí», según escribió en una carta remitida al ministro y tío suyo Antonio Porlier.

Su suegro, Francisco Bautista de Lugo y Saavedra, le cedió gratuitamente una de sus propiedades en la zona conocida como el Durazno, por aquel entonces muy aislada, y luego logró un abastecimiento de agua gracias a una cesión de la Junta de los Caballeros de La Orotava, lo que puede considerarse la carta fundacional del jardín. Aunque el Carlos III murió en diciembre de 1788, tres meses después de firmar la real orden, su sucesor, su hijo Carlos IV, mantuvo el proyecto y en enero de 1791 aprobó la construcción.

Nava y Grimón no era un hombre de ciencia, por lo que una de sus primeras decisiones fue asesorarse en botánica, para lo cual contó con la ayuda del sacerdote e historiador ilustrado José de Viera y Clavijo, aunque ciertamente no le pudo ayudar mucho. En cuanto a la disposición del jardín, fue encomendada al arquitecto Diego Nicolás Eduardo, que dispuso zonas de siembra de formas geométricas, más o menos como todavía se pueden contemplar. «En la catedral de Las Palmas se encuentran algunos de los planos elaborados para la construcción del jardín, incluyendo el diseño actual y el proyectado palacete neoclásico para su cabecera norte, futura residencia del marqués, que nunca llegó a construirse», sintetiza en un artículo el biólogo y gran divulgador Arnoldo Santos, que fuera jefe de la Unidad Botánica del JAO hasta 2003. La construcción se prolongaría entre 1791 y 1795.

Y así empezó todo. «Con los materiales traídos de cuatro grandes expediciones botánicas (Filipinas, Nueva España, Nueva Granada y Virreinato del Perú) creció el Jardín de Aclimatación de La Orotava, la mayor obra de la ilustración española en Canarias», prosigue Arnoldo Santos. Las primeras 35 semillas se sembraron en el jardín en 1792. Poco después, el fundador escribió una carta al ministro Porlier, su tío y mentor, en la que mostraba su alborozo por la germinación de «las simientes de cacanate, las bombas o el fruto de la areca, las semillas de tíndalo y las de las planta de tagaré de la costa de Coromandel, lo que puede servir de prueba tanto del buen estado de estas semillas como de la analogía de este clima para su germinación».

Las primeras 35 semillas se plantaron en 1792

El 14 de junio de 1792 se efectuó el primer envío de plantas en una goleta con destino a Cádiz. «Iban 19 barriles con plantas indígenas y 14 con especies exóticas. Aunque no hay datos de cómo llegaron estas plantas, es de presumir que sería en mal estado, pues el barco tardó más de treinta días en su travesía a Cádiz, siendo lo corriente que en este viaje se invirtieran en aquella época de ocho a quince días», escribía en 1923 el ingeniero agrónomo Francisco Menéndez en un estudio sobre el catálogo de plantas existentes en el JAO.

Tal fue el esfuerzo consagrado al nuevo jardín que Nava y Grimón tuvo que pasar largas temporadas fuera de su ciudad de La Laguna e instalarse en su finca de Santa Úrsula, cercana al JAO. El propio creador del parque, no obstante, lamentaba su escasa formación botánica. Seguía echando de menos «indicaciones precisas» para poder cultivas las semillas, como relata Cioranescu en su historia del JAO. Actuaba por sentido común.

Se busca jardinero

Al no lograr que el rey le asignara un jardinero experimentado o al menos un aprendiz de una escuela botánica, pensó en un tal Francisco Martínez, un «modesto operario pueblerino», pero pronto se percató de sus limitaciones. Duraría poco. «La mejor persona que he podido encontrar en esta isla nunca podrá desempeñar este oficio como corresponde -escribió-. Este hombre no sabe cultivar sino rábanos y lechugas, y no entiende ni una palabra de plantas exóticas».

Poco después, como seguía sin obtener respuesta de la Corona, contrató a un nuevo jardinero a través del cónsul de Inglaterra en Tenerife. Se llamaba Cornelius MacMannus y al parecer trabajaba en los jardines reales de Kew, en Londres. Aunque la relación entre ambos nunca fue buena -el marqués se refiere a su jardinero como «ignorante e indócil-, MacMannus contribuyó a mejor el orden del jardín durante sus años de permanencia en La Orotava, de 1795 a 1805.

Mucho más importante para el jardín fue la inesperada visita del naturalista francés André Pierre Ledru, miembro de la primera expedición científica del capitán Nicolas Baudin, cuyo barco tuvo que realizar una prolongada escala en Tenerife en 1799 tras sufrir daños durante una tormenta. Ledru, fascinado por la flora canaria y la variedad de plantas presentes en el jardín, redactó el primer catálogo botánico del JAO y propuso la ordenación sistemática de sus colecciones basada en la taxonomía de Linneo de 1753, un proyecto que nunca se realizó. Hoy en día no existe ningún tipo de ordenación científica en las colecciones del jardín.

Con las mismas expectativas que los reyes españoles y tantos otros personajes de la época, Ledru creía también en la aclimatación de las plantas. «Cuando las plantaciones hechas recientemente hayan adquirido un crecimiento notable, el Durazno [donde se encuentra el jardín] podrá suministrar a las regiones templadas de Europa los vegetales preciosos que la Naturaleza parece haber concedido exclusivamente a los climas afortunados de los trópicos».

No todo eran buenas noticias. En su correspondencia con el ministro Porlier, el marqués también informa de los crecientes gastos de la finca, cada vez más difíciles de asumir para él, que incluyen el sueldo de los trabajadores, así como la construcción de una cerca perimetral y de un estanque circular similar al que existe actualmente.

Además, otro problema seguía coleando: la dirección y mantenimiento del establecimiento. “Si este mal no se remedia y se envía aquí un verdadero profesor de botánica -escribió Nava y Grimón-, jamás el jardín de Tenerife corresponderá al objeto de su fundación y las esperanzas que este presenta”. Los intentos del fundador para mejorar la situación, comenta Santos, le llevaron a solicitar los servicios del naturalista francés Sabin Berthelot, que llegaría a ser director del jardín entre 1824 y 1826.

Destacados naturalistas visitaron el jardín en sus primeros años de vida

Humboldt, Broussonet, Barker-Webb y Van Buch, además de Ledru y Berthelot, fueron otros de los destacados naturalistas que visitaron el jardín en sus primeros años y alabaron sus atractivos. La Corona, en cambio, más preocupada por otros menesteres, dejó progresivamente de interesarse por el JAO y todo el peso pasó a recaer en exclusiva en el marqués.

Cuando Alonso de Nava y Grimón falleció, en 1832, el jardín seguía sin haber logrado una fuente de financiación estable, pero ya era una institución muy reconocida en el ámbito internacional. Nunca dejaría de serlo. El JAO sobreviviría con posterioridad a épocas muy malas, con años de un abandono prácticamente total, y otras de renacimiento, como cuando tomó el mando de la colección el jardinero suizo Herman Wildpret, entre 1860 y 1894, y ha llegado a nuestros días refundada como institución científica y educativa dependiente del Gobierno autónomo de Canarias, a través del Instituto Canario de Investigaciones Agrarias (ICIA). Al margen de su colección de plantas, dispone de laboratorios, un banco de semillas y un herbario con más de 46.000 pliegos.

Sin embargo, el objetivo primigenio para el que fue creado, servir como jardín de aclimatación de plantas que con posterioridad serían trasladadas a la España peninsular, nunca se hizo realidad. Pero a nadie le importa.

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