Celestino Mutis y la Expedición Botánica del Nuevo Reino de Granada

LA MÁXIMA EMPRESA CIENTÍFICA DEL PERIODO COLONIAL ESPAÑOL. En 1760, el joven gaditano José Celestino Mutis es elegido médico personal del recién nombrado virrey de Nueva Granada, Pedro Messía de la Cerda, y emprende con él viaje a América. Un viaje repentino, una oportunidad ineludible. «Cuando yo menos pensaba -dejó escrito- me vi en la precisión de embarcarme en compañía del virrey, sin despedirme de mi familia». La estancia en el Nuevo Mundo se prolongaría hasta su muerte en 1808.

Mutis, que tenía 28 años en el momento de partir, ya era un médico reputado. Había estudiado en el Real Colegio de Cirugía de Cádiz, concluido su carrera en la Universidad de Sevilla y trabajado durante cuatro años en el hospital de su ciudad natal bajo la dirección de Pedro Fernández de Castilla, un conocido cirujano de talante ilustrado. Con posterioridad había proseguido su formación en Madrid durante tres años, lo que le había permitido, entre otros aspectos, trabajar en la Huerta de Migas Calientes, el primer jardín botánico que tuvo la ciudad, y entrar en contacto con la nueva nomenclatura de los seres vivos propuesta por Carl von Linné.

Podría haber acabado en Londres, París, Bolonia o Leyden como otros jóvenes de la época brillantes en ciencias naturales, pero se fue al Nuevo Mundo. «El silencio, la paz, los bosques de la América tuvieron más atractivo sobre su corazón que la grandeza y la pompa de las cortes de Europa. Un plan atrevido y sabio se presentaba a sus ojos», escribió su discípulo Francisco José de Caldas con motivo del fallecimiento de Mutis.

«El silencio, la paz, los bosques de la América tuvieron más atractivo sobre su corazón que la grandeza y la pompa de las cortes de Europa»

Francisco José de Caldas, discípulo de Celestino Mutis

Durante los 47 años que vivió en Nueva Granada, un virreinato español que comprendía las actuales repúblicas de Colombia y Ecuador, Mutis desarrolló una notable carrera en terrenos como la medicina, la cartografía, las matemáticas, la metalurgia y especialmente la botánica, además de ser un docente aclamado, lo que lo convirtió en una de las figuras capitales de la Ilustración española e hispanoamericana. Sin embargo, quizá lo más destacado es que a su estela surgió una pléyade de brillantes científicos y artistas que siguieron sus trabajos y expandieron sus ideas. Además, algunos de sus discípulos serían con posterioridad líderes destacados de la emancipación de Colombia.

Tras desembarcar en Cartagena de Indias el 29 de octubre de 1760, la comitiva de Messía de la Cerda se dirigió hacia la capital del virreinato, Santafé, hoy Bogotá, a donde llegaría el 24 de febrero de 1761. Los inicios para Mutis no fueron fáciles. En sus escritos dejó constancia de la voracidad de los mosquitos y de la dureza que entrañaba trabajar con lluvias tan copiosas. Además, su necesaria fuente de ingresos le absorbía: «Aunque la naturaleza del país me prometió abundante materia para mis ejercicios botánicos -dejo escrito en su diario-, la novedad del nuevo médico, junto a la escasez de facultativos, cortó el vuelo de mis ideas. De día en día me vi empeñado en la asistencia de muchos enfermos». Y más adelante proseguía: «Tan distantes han sido mis ocupaciones, que no he podido hacer progreso alguno en la Historia Natural. Todo este tiempo lo llevo empleado en la amarga práctica de la Medicina».

Mutis comenta asimismo la deplorable situación sanitaria de Nueva Granada y critica amargamente la forma como los curanderos tratan los males que aquejan a la población local. Con el paso de los años, también escribiría elogios de la vacuna contra la viruela desarrollada por el médico británico Edward Jenner, «a cuya sagacidad -escribió- deberá la humanidad de todas las naciones el descubrimiento de tan precioso preservativo». Siguiendo su estela, Mutis experimentó con el uso de plantas nativas para el tratamiento de enfermedades.

Su gran descubrimiento llegaría en 1772 al comprobar que la corteza de la quina (Cinchona officinalis), una planta que crecía en bosques lluviosos por encima de los 1.600 metros de altura, funcionaba como remedio eficaz para controlar las fiebres de la malaria y era posible cultivarla. De hecho, a ella estuvo dedicada la única obra que Mutis vio publicada en vida, y de forma incompleta, El arcano de la quina, que apareció por entregas en el Papel Periódico de Santafé a partir de 1793. Los naturalistas Alexander von Humboldt y Aimé Bonpland le rindieron visita por este motivo tiempo después, en 1802, y observaron fascinados sus plantaciones (y también consultaron con deleitación su enorme biblioteca científica), pero la Corona nunca atendió su solicitud para profundizar en el estudio de la quina y su comercialización.

Al margen de sus intereses médicos, Mutis pronto se aventuró en otro quehaceres. En 1762 inauguró la cátedra de matemáticas del Colegio Mayor del Rosario, en Santafé, con el objetivo, según sus palabras, de “propagar las ciencias matemáticas y físicas, con la importante mira de habilitar a la juventud en sus estudios filosóficos”. La cátedra también fue el espacio para que sus alumnos conocieran textos de científicos como Isaac Newton y Nicolás Copérnico. Además, gracias a sus gestiones, se construiría muchos años después, entre 1802 y 1803, el Observatorio Astronómico de Santafé de Bogotá.

Grabado de José Celestino Mutis conservado en la Biblioteca Wellcome de Londres. @Wellcome Collection

Para financiar las actividades relacionadas con la historia natural, Mutis abandonó la cátedra de Matemáticas, su clientela médica y su cargo como médico del Virrey, dejó Santafé y sus comodidades y se embarcó en una actividad tan inesperada como la minería. Entre 1766 y 1770 creó una sociedad para la explotación de las minas de San Antonio de Montuosa, en el actual departamento colombiano de Santander, un yacimiento poco productivo tras dos siglos de explotación. Mutis desarrolló ingeniosas técnicas para la fundición y amalgamación del oro y la plata, pero su éxito fue más que discreto y la estancia le supuso perder todos sus ahorros.

Años más tarde, en 1777, retomó su interés por la metalurgia y se estableció cerca de Ibagué como director de las minas de El Sapo. Aunque tampoco le acompañó el éxito, su estancia le sirvió para estudiar la fauna y la flora de la exuberante región. “Es necesario vivir retirado de los hombres para aprender los secretos de la naturaleza”, escribió Mutis, según recoge el académico colombiano Hernando Dueñas en un artículo sobre la importancia de la geología en la obra del naturalista español.

“Es necesario vivir retirado de los hombres para aprender los secretos de la naturaleza”

José Celestino Mutis

Para un naturalista ilustrado del siglo XVIII, reconocer el orden del mundo era también una forma de comprobar la obra de Dios. Como recordaba la exposición conmemorativa que le dedicó en 2008 el Museo Nacional de Colombia, «Mutis no solo se conformó con corroborarlo, sino que también lo convenció de convertirse en religioso». Se ordenó el 19 de diciembre en 1772 a la edad de 40 años. Pocas son las alusiones a su ministerio sacerdotal en sus escritos, pero se sabe que llevaba una vida sin lujos. Eso sí, tuvo que hacer frente a dos denuncias por herético presentadas por los dominicos, en 1774 y 1791, por defender el sistema copernicano y las leyes de Newton.

Al concluir el mandato de Pedro Messía como virrey en 1772, Mutis se negó a regresar a España en compañía de su mentor y optó por quedarse. La atracción de Nueva Granada fue mayor. Sin embargo, sus deseos aún no se habían cumplido. Su gran aspiración, el sueño que lo llevó al Nuevo Mundo, es inventariar las riquezas naturales del virreinato. De todo lo que observa a su alrededor. «Yo no quiero sujetarme a esta pensión [como catedrático de Matemáticas] por no distraerme de mis tareas de Historia Natural», escribe Mutis, según recuerda el biólogo Luis de Hoyos Sainz en su clásica biografía del médico y naturalista.

Años atrás, en 1763, Mutis se había dirigido por carta al rey Carlos III y le había solicitado financiación para realizar una expedición destinada a tales fines, así como para la creación de un jardín botánico, pero no había obtenido respuesta. Pocos meses después, en 1764, lo había vuelto a intentar con idéntico resultado. Él sabía que su esfuerzo individual no era suficiente: «Me hallo ya no solo exhausto, sino también empeñado -escribió Mutis- y, por lo mismo, imposibilitado de continuar por estos medios, pues deben ser mayores los sufragios para tan grande empresa». «La Historia Natural de la América, por quien tanto suspira la Europa sabia, es obra de un Monarca como Vuestra Majestad», decía más adelante en un intento desesperado de convencer al rey.

Tras sus fracasos en el mundo de la minería, Mutis vuelve a trasladar su residencia a Santafé en 1782, convertido ahora en asesor personal del nuevo virrey neogranadino, el arzobispo Antonio Caballero y Góngora. El virrey, un caballero ilustrado muy interesado por el desarrollo de las ciencias, le anima para que retome sus objetivos e intercede ante Carlos III. Por aquel entonces, «el naturalista y ahora también sacerdote ya había abandonado la idea de emprender una gran expedición», como explica el botánico e historiador colombiano Santiago Díaz (1944-2014). Sin embargo, veinte años después del primer intento, el espíritu ilustrado ha cautivado al rey y ahora accede a destinar fondos para respaldar los trabajos de Mutis y su equipo. Es más, el monarca le perdona las deudas acumuladas durante sus negocios mineros.

La Real Expedición Botánica del Nuevo Reino de Granada se inició oficialmente en 1783. Mutis, que dejó por completo sus actividades médicas, tenía por delante un objetivo colosal: inventariar un territorio que se extendía desde el istmo de Darién, en Panamá, hasta la selva amazónica, con zonas tropicales de clima muy caluroso y otras frías situadas en mesetas de más de 2.000 metros de altura. La Expedición, que se prolongaría durante 34 años, abarcó finalmente una superficie mucho menor, unos 8.000 kilómetros cuadrados del centro de la actual Colombia en torno al río Magdalena, la principal arteria fluvial del país, pero sus intereses fueron más allá de la flora y también incluyeron aspectos de geografía, astronomía, zoología y minería. Uno de los objetivos era obtener recursos útiles que pudieran mejorar la economía del virreinato.

La expedición o estación científica se prolongó durante 34 años y recopiló 3.500 especies botánicas diferentes

En cualquier caso, el término «expedición» no debe entenderse como un campamento en movimiento, como sucede actualmente, sino más bien como un «instituto» o «estación» de investigación con una ubicación fija. En este caso hubo dos sedes: entre 1783 y 1791 se localizó en el pueblo de Mariquita, en el actual departamento de Toluca, unos 200 kilómetros al oeste de Santafé, una zona de gran riqueza biológica, mientras que a partir de 1792, a petición del nuevo virrey José Manuel de Ezpeleta, la base se trasladó a la capital. Tras la muerte del Mutis en 1808, las labores expedicionarias siguieron coordinadas por sus discípulos hasta su extinción definitiva en 1816.

Además de los trabajos desarrollados en los alrededores de Mariquita y Santafé, varios colaboradores de Mutis extendieron los límites de la expedición y trajeron materiales de territorios lejanos. Eran conocidos como «comisionados». Francisco José de Caldas, por ejemplo, recorrió las actuales tierras de Ecuador, mientras que fray Diego García se aventuró a través del alto Magdalena buscando plantas de canela, y Juan Eloy Valenzuela avanzó hacia el norte por el actual departamento de Santander.

El primer peldaño de la Expedición Botánica, una tarea realizada por el propio Mutis o sus colaboradores naturalistas, era salir al campo para recolectar especies para la confección de un herbario, una actividad que permitió la catalogación de numerosas especies desconocidas hasta entonces para la ciencia. Con posterioridad, las plantas eran distribuidas entre un equipo de dibujantes y pintores para que realizaran una copia. Varios de ellos eran artistas de renombre, como Pablo Antonio García del Campo, Francisco Javier Matis -que fue calificado por Humboldt como el mejor ilustrador botánico del mundo- o Salvador Rizo, mientras que otros eran colaboradores eventuales.

«La representación iconográfica de los vegetales adquiriría un valor preponderante sobre el resto de la actividad expedicionaria, de tal forma que se convertiría en el eje central de la misma», subraya Esteban Manrique Reol, director del Real Jardín Botánico de Madrid (RJB), en la presentación de un sucinto catálogo sobre los fondos conservados en la institución. Como resultado de la Expedición quedaron 6.383 láminas a color y en blanco y negro.

«Los dibujos debían hacerse al natural; por ello, cuando la planta había de ser trasladada para su dibujo, ponía gran énfasis en las condiciones del traslado», recuerda Marcelo Frías Núñez, profesor de la Universidad Carlos III de Madrid, en su excelente ensayo Tras el dorado vegetal, un completísimo análisis sobre la Expedición Botánica. «Si mi pasión no me engaña -escribió Mutis-, puedo prometer que la lámina que saliere de mis manos no necesitará nuevos retoques de mis sucesores».

Las ilustraciones se caracterizan por una cuidada composición artística, en la que se combinan la búsqueda de la belleza y la fidelidad a las características del objeto representado, prosigue Manrique Reol, director del RJB: «Es lo que se ha denominado como estilo Mutis. La imagen se distribuye en torno a un eje central de simetría y una técnica refinada en el uso cromático de rojos y verdes».

Mutis siempre pensó que su obra debería permanecer en Nueva Granada, pero la situación política en los años posteriores a su muerte, con la proclamación republicana de 1811, impidió que se cumplieran sus deseos. En 1817, el general Pablo Morillo, enviado a sofocar las revueltas independentistas, remitió a España gran parte de los materiales incautados a los miembros de la Expedición, un total de 104 baúles que contenían semillas, minerales, maderas y la práctica totalidad de la colección iconográfica. Estos materiales fueron inventariados tras su llegada a Madrid y depositados en el Real Jardín Botánico, donde se encuentran actualmente. Curiosamente, el primero en examinar el legado fue Ellsworth Payne Killip, conservador de la Institución Smithsoniana de Washington, durante una visita a Madrid en 1932.

Los materiales fueron llevados a Madrid en 1817 y depositados en el Real Jardín Botánico

Las ilustraciones y el herbario de la expedición incluyen unas 3.500 especies de plantas, aproximadamente el 10% de la flora colombiana conocida, que es a su vez cinco veces mayor que la presente en la península Ibérica, según subrayaba el Jardín Botánico de Madrid en su exposición de 2015 con los fondos del legado. Algunas de las especies clasificadas durante la expedición, como la Centropogon ignoti‐pictoris, están consideradas extintas en la actualidad, al no haberse vuelto a localizar en los 200 años transcurridos desde entonces.

«Del trabajo de Mutis y la Expedición Botánica quedan pocos documentos completos en términos de botánica -expone la exposición conmemorativa que le dedicó en 2008 el Museo Nacional de Colombia-. Parece haberse dedicado a la producción de un trabajo a nivel de imagen que, a ojos de los expertos actuales, reviste un gran valor artístico e histórico y un valor botánico relativo por la carencia de descripciones en correspondencia con las láminas». La supuesta pérdida de un manuscrito en el que estarían consignadas todas las explicaciones es aún motivo de controversia.

No obstante, la Expedición fue decisiva para el desarrollo de la cultura y la investigación en Colombia. «Fue la máxima empresa científica del periodo colonial, marcó una época y se convirtió en referente obligado de la ciencia colombiana», sintetiza Santiago Díaz, uno de los mayores conocedores de los trabajos de Mutis. «Por su concepción -añade- contribuyó a la educación y a la formación científica de unos cuantos jóvenes que estaban llamados a perpetuar estas disciplinas en nuestro medio». Su huella, en definitiva, sigue indeleble más de dos siglos después. «¡Qué pérdida para las ciencias, para la Patria y para la virtud!, subrayaba el artículo necrológico que Francisco José de Caldas escribió tras la muerte de Mutis.


Bibliografía recomendada:
Frías Núñez, Marcelo (1994). Tras el Dorado Vegetal. José Celestino Mutis y la Real Expedición Botánica del Nuevo Reino de Granada (1783-1808). Sevilla: Diputación de Sevilla.
Amaya, José Antonio (1986). Celestino Mutis y la expedición botánica. Madrid: Debate.
Manrique, Esteban (textos del catálogo) (2019). José Celestino Mutis. Una expedición botánica. Madrid: Real Jardín Botánico (CSIC).
Mutis, José Celestino. Viaje a Santa Fe (1991). Madrid. Crónicas de América. Historia 16.


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