Viva la carrasca de Lecina

VISITA AL MONUMENTAL EJEMPLAR GANADOR DEL CONCURSO ÁRBOL EUROPEO DEL AÑO. A Lecina, una diminuto pueblo de la provincia de Huesca, en el municipio de Bárcabo, le ha llegado una inesperada fama gracias al más viejo de sus vecinos, una magnífica carrasca o encina de bellotas dulces (Quercus ilex subsp ballota) que este 2021 fue galardonada con el premio de Árbol Europeo del Año.

Como en un concurso televisivo, la carrasca de Lecina superó en semifinales a una pléyade de congéneres españoles y en la final quedó por delante de un tilo polaco, un plátano ruso, un álamo francés y un castaño belga, entre otros dignísimos aspirantes. Además de una legión de seguidores que aportaron su voto y una campaña en la que se movilizó la alcaldesa, una eurodiputada, la diputación provincial y hasta el presidente de Aragón, el ganador ofrecía un cóctel de argumentos difícil de superar: edad, tamaño, belleza, simbolismo y una hermosa leyenda. Nunca un árbol español se había alzado con el premio.

«Permitid que me presente: soy la guardiana de los bosques y el emblema del territorio donde habito, Aragón», subrayaba la candidatura de Lecina al premio europeo.

Una carrasca tan conspicua no se nos podía escapar. Así que fuimos a verlo aprovechando unos días de descanso en Alquézar, un encantador pueblo con vestigios medievales y unas vistas espectaculares. Para llegar hasta Lecina desde el sur, desde Colungo, es necesario tomar la A-2205 y luego un desvío bien señalizado a mano izquierda. La sinuosa vía se adentra en la sierra de Guara, un destino montañoso prácticamente despoblado pero lleno de atractivos, incluyendo sus afamados cañones, un puñado de viejas iglesias e innumerables rapaces. Y la carrasca, por supuesto. O «castañera», como la llaman los vecinos debido al gran tamaño de sus bellotas.

El majestuoso ejemplar se encuentra en un bancal -una antigua era- a más baja altura que el camino que lleva hasta él, lo que a buen seguro le aporta una ración suplementaria de agua en los días lluviosos y le ayuda a mantener una buena salud pese a su avanzada edad. «Sigue dando más de 500 kilos de bellotas cada año«, nos explica un vecino orgulloso de que cuatro forasteros hayan venido hasta Lecina para ver la carrasca.

En Lecina solo están censadas 12 personas, no precisamente jóvenes. «Mire, aquí se fue mucha gente en los años sesenta y ahora vuelven algunos, ya jubilados, para quedarse o pasar el verano», prosigue. También regresan las encinas, que ahora cubren los terrenos aledaños que hasta hace pocas décadas eran tierras de labranza. Muchas de las casas de piedra han sido reformadas y ahora los turistas empiezan a menudear por la acogedora aldea. Pero ya nadie vive de la agricultura, como antaño. Y mucho menos de la artesanía.

Aunque el árbol no es particularmente alto (16 m.), llama la atención por la grandiosidad de su copa, con una proyección de sombra de 600 metros cuadrados y unas ramas que cuelgan como brazos de un pulpo. La copa es irregular, es cierto, pero no muestra síntomas de defoliación y solo se observan algunas viejas podas bien cicatrizadas.

La carrasca de Lecina tiene una cuerda o perímetro de tronco (a 1,30m.) de 7,20 metros, según mi medición in situ, un poco menos que lo que consigna el cartel que figura a su lado (7,56 metros), pero aun así algo fuera de lo común. De acuerdo con la web de referencia monumentaltrees.com, en toda España solo hay dos ‘Quercus ilex’ con el tronco más grueso: la famosa Terrona de Zarza de Montánchez (Cáceres), que se encuentra en peor estado, y la encina de Mendaza (Navarra), aunque en este caso la base cuenta con una enorme oquedad. Había una tercera, la encina Ruli, en Mota del Cuervo (Cuenca), pero murió recientemente.

En cuanto a edad, la carrasca de Lecina es conocida como milenaria, pero los especialistas subrayan que muy posiblemente tenga entre 500 y 600 años, la longevidad máxima estimada para la especie. Durante su existencia ha sido testigo de acuerdos judiciales y pactos entre ayuntamientos y más recientemente ha presidido bodas y bautizos, como explica Carmen Lalueza, alcaldesa de Bárcabo, el municipio del que depende Lecina. La gente se refugiaba bajo su copa. Ahora el árbol está incluido en el catálogo regional de árboles y arboledas singulares, por lo que su tala está prohibida y además se beneficia de los cuidados de los agentes de Protección de la Naturaleza de Aragón.

Décadas atrás, la vieja encina estuvo a punto de ser talada para obtener leña y carbón, prosigue explicando nuestro improvisado anfitrión, pero su entonces propietario lo evitó. También untaba el árbol con manteca de cerdo para que la gente no trepara por él. Ahora cuenta con una valla para disuadir a los gamberros. Los turistas llegan, se hacen una foto y disfrutan contemplándola, pero no pisan sus raíces ni amenazan sus ramas. Los escasos vecinos ya han conseguido que les adecuen un aparcamiento para coches con lavabos y máquina de refrescos y ahora confían en que el premio sirva para que alguien se anime a montar un restaurante o una casa rural.

«No me esperaba semejante boom«, concluye la alcaldesa de Bárcabo. «Cuando nos presentamos al concurso era algo impensable. Gracias a la encina nos han puesto en el mapa».


La carrasca también tiene su propia leyenda. Transcribo extractado el texto presentado por la candidatura de Lecina al premio europeo:

«Lecina estaba hace mucho tiempo rodeada por unos impenetrables y misteriosos bosques de encinas y robles en los que se ocultaban lobos, osos y también las brujas. Los vecinos temían a las brujas ya que les causaban crueles desgracias y les mandaban terribles tormentas.
Tal era el temor de las gentes del lugar que no se atrevían a entrar en el bosque para conseguir leña. Una de las carrascas más jóvenes no estaba muy contenta por la mala fama que tenía el bosque y sentía pena por los habitantes del pueblo. Tan disgustada estaba que a las brujas no las dejaba refugiarse en sus ramas.
Las brujas, desairadas, decidieron irse a otro bosque y para agradecer el apoyo prestado por las carrascas más viejas les concedieron todo lo que desearan. Las más presumidas quisieron que sus ramas y hojas fuesen de oro. Otras desearon desprender deliciosos perfumes y las restantes pidieron que sus hojas fuesen brillantes y de cristal. Solo la pequeña carrasca quiso continuar siendo como siempre.
Las brujas les concedieron sus deseos. Al tercer día desde que las brujas abandonaron el bosque, se desató una terrible tormenta de viento y nieve. Se repente, las hojas de cristal cayeron al suelo hechas añicos y esos árboles terminaron muriendo. Otro día, un pastor no pudo impedir que su rebaño se lanzara a comer las hojas aromáticas. Desde entonces, los habitantes, cortaron esas encinas para alimentar a sus ganados con las hojas. En el bosque solo quedaban, además de nuestra pequeña carrasca, los árboles convertidos en oro. Y pronto fueron desmenuzados por ladrones y vecinos.
De todo ese impenetrable bosque solo quedaba nuestra pequeña carrasca, que desde entonces todos respetaron y no dejó de crecer».


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