Cedros en el Líbano, crónica de una deforestación

LOS BOSQUES INTENTAN RECUPERARSE TRAS CINCO MILENIOS DE EXPLOTACIÓN. El cedro del Líbano (Cedrus libani), conífera nativa de las montañas del Mediterráneo oriental, se ha convertido es un árbol muy apreciado en jardines de climas templados y actualmente pueden observarse ejemplares de majestuoso porte en numerosos parques de Gran Bretaña, Francia, Alemania e Italia, entre otros países. En España los hay de gran tamaño, sin duda centenarios, en La Granja de San Ildefonso, Aranjuez y algunos pazos gallegos. Aunque no tan habitual como el cedro de Himalaya y el cedro del Atlas, se encuentra incluso en viveros para que quien disponga de un buen terreno, de suelo calcáreo a poder ser, lo plante para su disfrute.

Sin embargo, su éxito como especie ornamental no ha evitado que en el Líbano, el país que le da nombre y del que es un símbolo omnipresente, los bosques de cedro no sean más que una reliquia de lo que fueron en el Neolítico. Se estima que la especie está presente en solo 1.900 de las 500.000 hectáreas que cubría originariamente.

Afortunadamente para la especie, hay además unas 450.000 hectáreas en los montes Taurus, en el sur de Turquía, aunque en territorios fragmentados y muy modelados por la mano del hombre, y unas 400 hectáreas en un bosque relicto de la cordillera litoral de Siria. Cedrus libani está catalogado como especie vulnerable, según la lista roja de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), y está parcialmente protegido en los tres países donde se halla presente de forma natural.

DE GILGAMESH AL ‘ORIENT EXPRESS’

El cedro del Líbano está vinculado desde hace milenios a la cultura, el comercio y las prácticas religiosas del Creciente Fértil. De hecho, la regresión de la especie no es un fenómeno moderno, sino que se cree que la deforestación pudo comenzar hace al menos 5.000 años, como atestiguan textos muy antiguos. Sería «el paisaje humanizado más antiguo del mundo», como lo define el ambientalista Faisal Abu-Izzeddin, uno de los impulsores de la reserva de Al Shouf, en el centro-sur del país. La epopeya babilónica de Gilgamesh (2.500 a. C.), por ejemplo, cita una expedición del protagonista y su compañero Einkidú a las montañas del Líbano, que se encontraban a más de 500 kilómetros, para enfrentarse al gigante Humbaba y así poder talar los cedros y edificar su soñada ciudad.

Para asirios, babilonios, persas y egipcios, la madera de cedro fue un bien muy preciado

En un territorio poco arbolado como Oriente Próximo, no cabe duda de que la resistente madera de los cedros fue muy apreciada desde antiguo y en su búsqueda se lanzaron asirios, babilonios, persas y egipcios. El rey Nabucodonosor II, el creador de los famosos Jardines Colgantes, se jactaba en una inscripción cuneiforme de haber conseguido una remesa: «Los corté con mis manos puras en el monte Líbano», escribió.

Los largos troncos de los ejemplares maduros se empleaban muy particularmente para edificios nobles como templos y también para las vigas y los mástiles de los barcos, disciplina en la que los fenicios se revelaron como grandes maestros. Además, la resina y la brea se utilizaban para impermeabilizar las embarcaciones, así como para aliviar el dolor de muelas y preservar los cadáveres momificados, mientras que el serrín era un efectivo repelente de serpientes.

La Biblia menciona la especie en más de 70 ocasiones. Para construir el primer gran templo de Jerusalén, el rey Salomón (siglo X a. C.) solicitó suministros de madera de cedro, así como arquitectos y constructores, al rey fenicio Hiram de Tiro. También es citada por el profeta Ezequiel en el siglo VI a. C., refiriéndose siempre a ella como un bien preciado («Ningún árbol del jardín de Dios se le compara en belleza»).

En el siglo II d. C., el emperador romano Adriano fue el primero que intentó proteger los bosques de Fenicia y para ello delimitó un territorio con mojones de piedra, algunos de los cuales se han mantenido hasta nuestro días. Sin embargo, fue un esfuerzo en vano. Durante los siglos posteriores y la Edad Media, los cedros del Líbano se utilizaron profusamente para la construcción y como combustible, especialmente para hornos de cal. El lugar que dejaban era ocupado por el matorral y, si las condiciones eran aceptables, por la agricultura. Más modernamente se emplearon para las traviesas ferrocarril, «como para la construcción de la famosa ruta del Orient Express«, recuerda Faisal Abu-Izzeddin.

A mediados del siglo XIX, bajo dominación otomana, se concluyó que la situación era insostenible y se aplicaron las primeras medidas para limitar la tala de cedros. El rodal más famoso del Líbano, el llamado Bosque de los Cedros de Dios o Horsh Arz el-Rab, en Bsharri, fue vallado para su preservación en 1876. La silueta de un cedro, convertido ya en un símbolo para todas las comunidades étnicas y religiosas, fue incluida en la bandera nacional cuando el Líbano obtuvo la independencia, en 1943.

En los años 60 y 70 del pasado siglo hubo un intento decidido de repoblación -se esperaban plantar 40 millones de árboles-, pero el plan se vino abajo con la llegada de la guerra civil y las crisis posteriores. Y actualmente es difícil que iniciativas de este tipo puedan prosperar cuando el Gobierno local se enfrenta a problemas endémicos de falta de electricidad, suministro de agua, alcantarillado o eliminación de basuras, explica la periodista Anne Barnard en un artículo en The New York Times.

Huyendo hacia las cumbres

Los cedros crecen en el Líbano a gran altura, en un rango de 1.100 m–1.925 m. sobre el nivel del mar, en la gran cordillera que atraviesa el país de norte a sur, sobre todo en las laderas que miran al norte. Allí encuentran unas condiciones climáticas ideales. Pese a los ambientes áridos que caracterizan la región, algunas montañas libanesas tienen unas precipitaciones abundantes (más de 1.000 mm anuales) y unos inviernos muy nivosos, «casi alpinos» según lo definen algunos autores. En cualquier caso, la presencia actual de Cedrus libani en el Líbano se limita a 12 bosques aislados, sin continuidad geográfica.

Las zonas aptas para el desarrollo de ‘Cedrus libani’ se están reduciendo como consecuencia del cambio climático

Los especialistas locales advierten de que en las últimas dos décadas se han reducido las lluvias y han aumentado las temperaturas. Como consecuencia, las condiciones ideales para el crecimiento de los cedros están ascendiendo en altura, un problema irresoluble en algunos bosques si se tiene en cuenta que los árboles ya se encuentran en las cumbres. Es decir, ya no tienen adonde huir. Por si fueran pocas las desdichas, el cambio climático también está alentando el surgimiento de incendios y de plagas como la polilla Dichelia y la mosca Cephalcia.

Aunque los bosques con cedros en el Líbano son de propiedad pública y están protegidos, todos salvo tres experimentaron una reducción acusada de superficie entre 1965 y 1988, según un análisis de Salma Talhouk, Sawsan Khuri y otros investigadores de las universidades Americana de Beirut y Reading (Reino Unido). Por ejemplo, una de las mayores reservas, la de Tannourine-Hadath el Jebbeh, pasó de ocupar 589 hectáreas a 547.

La recolonización no es fácil si se tiene en cuenta que los cedros son árboles de crecimiento lento y requieren al menos 40 años para producir semillas fértiles, a lo que hay que sumar el efecto negativo del pastoreo excesivo de cabras y ovejas. La deforestación, además, se retroalimenta porque ahora las tierras no tienen tanta capacidad para retener el agua de las lluvias. Así que la única posibilidad es que los humanos que favorecieron el declive de los cedros contribuyan a su retorno.
Hay varias iniciativas.

Una es la campaña Adopta un Cedro, de la asociación Jouzour Loubnan, que trabaja en el Líbano en diversos programas de restauración forestal. Por 30 o 60 dólares, dependiendo del tamaño del ejemplar, un particular puede convertirse en padrino de un cedro reforestado. Jouzour Loubnan ya ha plantado más de 300.000 árboles en diversos enclaves del país, según explica en su página web.

La Iniciativa Reforestación del Líbano, por su parte, ha conseguido plantar 600.000 árboles (cedros y otras 15 especies nativas como enebros y pinos) con la implicación de las comunidades locales. Cuenta con el patrocinio del Gobierno libanés y el Servicio Forestal de Estados Unidos, entre otros. La tasa de supervivencia oscila entre el 70% y el 90% de los árboles plantados.

«La humanidad tardó unos 5.000 años en destruir prácticamente todos los grandes bosques de cedros. Con suerte, no serán necesarios otros 5.000 para restaurarlos», escribe esperanzado Faisal Abu-Izzeddin.


Bibliografía:
Lara Hajarab, Rachid Cheddadib et al. Cedrus libani distribution in Lebanon: Past, present and future. Biologies, 2010
Salma Talhouk, Sawsan Kuri et al. Conservation of the Cedrus libani populations in Lebanon. Biodiversity and Conservation, 2000
Faisal Abu-Izzeddin. Memoirs of a cedar. Shouf Biosphere Reserve, 2013
Rania Masri. The Cedars of Lebanon: Significance, Awareness and Management of the Cedrus libani in Lebanon, 1995
Jouzour Loubnan / Adopt a Cedar https://www.adoptacedar.org
The Friends of the Cedar Forest Committee https://www.facebook.com/cedarsfriends


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