Espacios naturales

La banda sonora de los bosques españoles

UN LIBRO RECOPILA LOS SONIDOS DE 74 ESPACIOS NATURALES DE ESPAÑA. Todos los bosques tienen un sonido que los hace únicos: el agua del arroyo que nace en las cumbres, el viento agitando las hojas de los robles, el pico picapinos horadando un tronco, la berrea del ciervo en la dehesa, la cigarra cantando en el pinar… Todos, en definitiva, tienen su particular banda sonora. Carlos de Hita los ha inmortalizado.

De Hita (Madrid, 1959), sonidista y naturalista, guionista de documentales, autor de un blog sobre naturaleza y otras muchas cosas, aunque a él lo que le gusta es definirse como “paisajista sonoro” o “recolector de sonidos de la naturaleza”, ha recorrido durante tres décadas espacios naturales de toda España, y también de buena parte del resto del mundo, recopilando las voces de los seres que los habitan. En su mochila viajan un magnetofón digital y diversos micrófonos, uno de ellos con forma de antena parabólica, así como una gran dosis de paciencia. “La naturaleza puede contarse a través de los sonidos”, sintetiza.

Crédito de la foto: Fundación BBVA

Como culminación de su trabajo, ahora ha publicado una pequeña joya titulada Viaje visual y sonoro por los bosques de España (Anaya Touring), un libro en el que presenta 74 grabaciones de los sonidos de otros tantos bosques, accesibles mediante un código QR que se lee con el teléfono móvil, acompañadas además de un texto explicativo y una descripción sucinta del espacio natural analizado.

Una de las grabaciones, sintetizada en poco más de un minuto, corresponde a un atardecer en el poco alterado bosque de Muniellos, en el parque natural de las Fuentes del Narcea, Degaña e Ibias (Asturias). Es impresionante el aullido de los lobos. De Hita lo describe poéticamente:

“Silencio en la hora del lubricán, cuando se apaga el crepúsculo, pero aún no es noche cerrada. Una brisa suave sacude las hojas y trae sonidos desde la distancia . Ulula un cárabo. Comienza el otoño y las manadas de lobos se reúnen en su aulladero, el área de reencuentro de la manada donde cada día se estrechan los vínculos sociales. Un aullido rompe el silencio. Un jabalí gruñe. Y a la llamada del lobo alfa, larga, grave, responden los demás miembros del clan, con las voces más agudas y juguetonas de los jóvenes nacidos la pasada primavera. Durante unos segundos el valle amplifica, estira los aullidos. Hasta que, de nuevo con la llamada del líder, vuelve el silencio”.

El libro recorre algunos de los ecosistemas mejor conservados de la España peninsular, Baleares y Canarias, desde los bosques de ribera de las Fragas del Eume, en la provincia de La Coruña, y los pinares pirenaicos de Els Encantats, en Lleida, hasta las dehesas de Castuera, en Badajoz, y el parque nacional de Garajonay, en La Gomera. Como el propio De Hita explica en el prólogo, la selección fue un trabajo arduo y al final optó por centrarse en un “sendero más personal”. “Bosques que han significado algo para mí. Bosques donde haya pasado largas horas −o incluso días− a la espera de un sonido, de la voz confiada de un animal…”, comenta. El autor los ha dividido en cuatro grupos: bosques caducifolios, bosques de coníferas, bosques mediterráneos y laurisilvas. También ofrece una muestra variada de las cuatro estaciones del año.

En cualquier caso, como ha declarado en diversas entrevistas recientes, De Hita lamenta que esa riqueza sonora se esté deteriorando. “Actualmente suenan la mitad de animales e instrumentistas que sonaban cuando yo empecé a grabar −dice−. El paisaje sonoro actualmente es más monótono, más monocorde”. Eso puede apreciarse claramente en el zumbido de las abejas del campo o en el canto de los anfibios, antes omnipresentes, pone como ejemplos. En mi cercano bosque de Collserola, en Barcelona, la grabación no deja lugar a dudas:

“El tráfico es un telón de fondo que tapa los silencios necesarios para la propagación de los mensajes de los animales. A duras penas escuchamos el canto de un mirlo, que eleva la voz, tenaz, para sobreponerse al ruido, o los relinchos de los pitos reales entre los troncos” (…) La contaminación acústica obliga a las aves forestales a cantar más y más alto”.

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