Un bosque en el corazón de Nueva York

DSC_0528UNA VISITA AL JARDÍN BOTÁNICO DEL BRONX. Tras un sofocante y anodino recorrido desde la parada de metro de Bedford Park Blvd, franqueamos la entrada Mosholu y nos recibe una alineación de tulíperos centenarios con una altura de 25 a 30 metros. La vista se pierde a lo lejos en un paisaje de relieve suave con todas las tonalidades del color verde. Esto promete. Hemos llegado al Jardín Botánico de Nueva York (NYBG), en el distrito del Bronx, una atracción de primer orden que incomprensiblemente suele quedar al margen de los recorridos turísticos de la Gran Manzana. Todo empezó a finales del siglo XIX…

En 1888, el biólogo Nathaniel Lord Britton, profesor de la Universidad de Columbia, y su esposa Elizabeth, también bióloga, visitaron durante su luna de miel los Jardines Reales de Kew, en Londres, y quedaron tan impresionados que se comprometieron a no descansar hasta lograr algo parecido en Nueva York. En aquel tiempo, San Luis era la única ciudad de Estados Unidos que contaba con un jardín de cierta importancia, fundado en 1859. De regreso a casa, los Britton, con la ayuda de la Torrey Botanical Society, lanzaron una campaña pública para recaudar fondos e iniciar la construcción del jardín.

El NYBG conserva 25 hectáreas del bosque original anterior a la llegada de los primeros europeos

La iniciativa tuvo gran éxito y poco tiempo después, en 1891, el ayuntamiento neoyorquino decidió comprar el solar que debía acoger el NYBG: unos grandes terrenos que habían sido propiedad del magnate del tabaco Pierre Lorillard y del St John’s College, ahora Fordham University. El espacio, que incluía uno de los bosques mejor conservados en muchos kilómetros a la redonda, era recorrido por el río Bronx, un curso fluvial que antiguamente había servido para abastecer de agua a la gran urbe. Las precipitaciones son abundantes (más de 1.200 mm anuales) y están muy repartidas a lo largo del año, lo que facilita el mantenimiento de una vegetación exuberante.

New_York_Botanical_Garden_April_2015_002Calvert Vaux, codiseñador del Central Park, dibujó las líneas generales del parque. Y aunque en su ya larga historia se han hecho diversas reformas -“muchos distinguidos diseñadores estadounidenses de paisajes y jardines han contribuido con elementos significativos”, subraya la web del botánico-, el proyecto inicial se mantiene incólume. A su lado se construyó el zoo neoyorquino, otra institución centenaria. En el año 1900 abrieron al público el edificio del museo y el gran invernadero (Conservatory).

El NYBG cuenta actualmente con unas 100 hectáreas, de las que 25 corresponden al bosque autóctono. Acoge casi un millón de plantas vivas repartidas en 50 jardines y colecciones diferentes, algunas muy destacadas como la rosaleda Peggy Rockefeller, un jardín de rocas japonés, uno de flora nativa, otro de azaleas (incluye en una zona umbría el árbol más alto del jardín, un tulípero de 47 metros de altura), un espacio reservado para cerezos y manzanos de diversas especies y un arboreto de coníferas que ocupa 15 hectáreas.

Además de por su contenido, con infinidad de plantas de los trópicos, también se merece una visita el edificio más emblemático del parque, el gran invernadero conocido desde 1978 como Haupt Conservatory, “una estructura vintage de hierro forjado –afirma el propio NYBG- inspirada en la exposición londinense de Crystal Palace de 1851″. Todo el parque fue declarado Monumento Histórico Nacional en 1967.

Sin embargo, más allá de las colecciones, una de las señas de identidad del NYBG es precisamente haber conservado una porción del ecosistema que había en la región antes de la llegada de los primeros colonos holandeses. Un bosque auténtico. Pasear por él es una delicia, particularmente en los tramos cercanos al río Bronx, de aguas muy claras, cascada incluida. Es asombroso que una ciudad como Nueva York disponga de una selva de tulíperos, abedules, fresnos, hayas americanas y robles (especialmente Quercus rubra, Q. velutina y Q. alba) en la que viven mapaches, ardillas y conejos -tres especies que nosotros observamos con facilidad-, además de zorros, ardillas grises, castores, búhos cornudos (Bubo virginianus), cernícalo americano (Falco sparverius), guajolote norteño (Meleagris gallopavo), diversas anátidas, los coloridos tordos sargento (Agelaius phoeniceus) y una ardeida muy similar a nuestra garza real que resultó ser Ardea herodias (garza azulada). La lista sería interminable.

Aunque sobreviven varios árboles de las primeras plantaciones de 1895, entre ellos un haya europea, un tulípero y un acebo japonés, los ejemplares más antiguos del botánico son precisamente varios robles y olmos del bosque a los que se les supone una antigüedad de 275 años.

El Jardín Botánico de Nueva York recibe un millón de visitas anuales pese a quedar al margen de todos los circuitos turísticos 

Al margen de la exhibición turística, el NYBG ha sido desde sus orígenes muy activo en el capítulo de la investigación y divulgación. Por poner un ejemplo, sus investigadores realizan trabajos de campo de 49 países diferentes. Casi 100.000 del millón de visitantes que anualmente recibe el NYBG “son niños de comunidades vecinas [del Bronx] carentes de servicios, mientras que otros 3,000 son maestros del sistema escolar público de la ciudad de Nueva York que participan en programas de desarrollo profesional que los capacitan para enseñar cursos de ciencias en todos los grados”.

Finalmente, además de sus valores naturales, el NYBG cuenta con una biblioteca de 550.000 volúmenes, la mayor del mundo de su ámbito científico, y un herbario con 7,8 millones de especímenes botánicos. Como en sus  orígenes, el jardín es hoy una entidad privada sin ánimo de lucro. La ciudad de Nueva York financia los costes de mantenimiento, pero su actividad cotidiana se fundamenta en las entradas y en las donaciones filantrópicas.

 

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